Sentado en la silla de mi cuarto, volteo a ayer. Tu cara es la primer imagen que revivo. El recuerdo es la forma de perpetuar los momentos, por ejemplo, el momento de verte cantar esas agudas notas. Regreso a tu piel de atardecer donde me estaciono un rato. Al contrario, el futuro es una mezcla de volado y voluntad. Águila o sol; sí o no. Así como Cortázar nos enseñó que todos los fuego el fuego; todas las dudas la duda. El fuego es absoluto, la duda relativa. Es decir que al recordarte en la misma silla en la que estoy sentado, perpetúo tu voz y abro la puerta del misterio posterior. La bruma sólo se aleja cuando la atraviesas. Siempre es tu piel el motivo. Cuando el resultado comienza a desmentir los cálculos anteriores, la razón queda desnuda y acostada en una banca de un parque abandonado. Mis manos y sus movimientos se vuelven complejos, no sólo es el tacto de tu cuerpo, quieren franquear el umbral físico. Es allí donde me divido, donde las decisiones dejan de ser frías y buscan tu cintura. Donde el devenir cobra vida propia, las consecuencias del después se desdibujan y lo único que anhelo es volver a evocar tus labios moviéndose al ritmo de la canción. El orden de los factores no tiene nada que ver con el próximo resultado, mucho menos, con tus labios rosando los míos.
También son mis muertos, también a mí me mataron. Es mi sangre la que manchó el Conjunto Habitacional, la que salpicó a Santiago, la misma que se filtró por la tierra hasta las entrañas de Huitzilopochtli. Son mis hijos arrebatados, mis padres que no llegaron a ser, mis amores destruidos, mi corazón extinguido. También son mis gritos los que aún resuenan en las paredes y mis banderas agitándose y mis utopías asesinadas y mis cabellos largos enredados. También es mi dolor, mi angustia, mi pavor. No sólo fue a ellos, también a mí me azotaron los romanos de guantes blancos; también es mi viacrucis y mi redención. Aunque me pasan los años por encima y me rebasan y crezco y me vendo y descreo: jamás olvido.
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