La primera vez que nos vimos, ambos teníamos lágrimas en los ojos por ver la muerte del viejo tigre del zoológico. La segunda mirada fue en el parque municipal, tu corrías: ejercitabas esos muslos infinitos; yo correteaba a mi perro que se había escapado. El tercer día, ubique tu departamento, te vi salir y te hablé. Los benditos, séptimo y octavo días, estuvimos desnudos en tu cama. El día mil ochocientos treinta y tres me vestí de negro y vi cómo te llevaban en una caja de madera. Los próximos ciento cincuenta y dos días derramé por lo menos una lágrima en tu nombre. Hoy, día veintidos mil doscientos sesenta y cinco por fin tengo el valor de darme un tiro en la garganta.
Sentado en la silla de mi cuarto, volteo a ayer. Tu cara es la primer imagen que revivo. El recuerdo es la forma de perpetuar los momentos, por ejemplo, el momento de verte cantar esas agudas notas. Regreso a tu piel de atardecer donde me estaciono un rato. Al contrario, el futuro es una mezcla de volado y voluntad. Águila o sol; sí o no. Así como Cortázar nos enseñó que todos los fuego el fuego; todas las dudas la duda. El fuego es absoluto, la duda relativa. Es decir que al recordarte en la misma silla en la que estoy sentado, perpetúo tu voz y abro la puerta del misterio posterior. La bruma sólo se aleja cuando la atraviesas. Siempre es tu piel el motivo. Cuando el resultado comienza a desmentir los cálculos anteriores, la razón queda desnuda y acostada en una banca de un parque abandonado. Mis manos y sus movimientos se vuelven complejos, no sólo es el tacto de tu cuerpo, quieren franquear el umbral físico. Es allí donde me divido, donde las decisiones dejan de ser frías y bu...
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