Alejandra Pizarnik, una argentina hija de judíos que nació en 1936. No sé nada de ella realmente, tampoco soy escritor o estudioso de las letras como para hacer un análisis de su estilo literario o sus aportaciones al mundo de las letras. Sólo intuyo que tiene una fuerte influencia del psicoanálisis y sé gracias a los videos que vi antes de publicar esto que consumía anfetas y otras drogas. Lo que me importa en este texto es describir mi experiencia con ella, cómo la entiendo, quizá no al nivel cognoscitivo sino a un nivel ¿espiritual? porque para mí no es un hecho leerla, es una experiencia, por lo tanto es probable que lo que a continuación lean sea una serie de divagaciones sin sustento.
Si quieren saber más de ella pueden entrar aquí: ¿Quién es Alejandra Pizarnik? o Biografía literaria o investiguen, a mí me basta con esas dos fuentes. Conocí a Pizarnik gracias a mi amiga Arely Figueroa, cosa que le agradezco profundamente, me regaló un libro en el que viene su poesía completa. Me lo trajo de Argentina. Así que estas líneas son su culpa.
Muchas veces tomo un libro y lo leo al azar, con éste lo había hecho miles de veces hasta que un día entre los poemas que leí apareció El Miedo y Cenizas (recomiendo leerlos antes de seguir) y simplemente tuve la necesidad de escribir lo siguiente:
"Sé del miedo cunado digo mi nombre", una "frase con alas" de A. Pizarnik. (en el link de cenizas y los que encontré en Internet dice: frases como alas; en mi libro: frases con alas. Lógicamente utilizo el uso del libro y lo parafraseo). Oscura, profunda, tomando como referencia la sangre como secreción del dolor, un dolor íntimo, no violento ni rebelde como la sangre de Nicolás Guillén en su poema Sudor y Látigo.
Pizarnik, mi yo en mujer y a mediados del Siglo XX, me parte la madre de nuevo al hablar del miedo. Ella cree en las palabras y en más nada, las palabras son tan reales y existen tanto que "Hemos dicho palabras donde poder sentarnos y sonreír". Es por eso que el miedo en ella es constante y medular, un temor que pone en duda lo que cualquier persona podría dar como cierto: su nombre. "Yo lloro debajo de mi nombre" grita en La Jaula
"En el eco de mis muertes aún hay miedo", esa resonancia, la consecuencia de decir algo frente al vacío, escupir la propia voz que se repite; la muerte como el después de cada acción, las muertes de cada día. En ella sólo hay dos hechos: la muerte y el miedo. Me pregunto ¿si lo único que tiene de cierto son las muertes por qué temerles? quizá esas muertes aún resuenan, duelen, se experimentan en la piel, aterran.
Subyace en todo esto la incertidumbre. Es como un remolino en el agua, ahí está, pero al entrar puede pasar cualquier cosa, hay una infinidad de posibilidades pero no se sabe nunca qué pasará. Incertidumbre, pero no desde una perspectiva curiosa, sino aterradora.
A punto estás de arrojarte a la espiral, al remolino, pero Alejandra te detiene, te reta y te cuestiona "¿Sabes tú del miedo?", antes de que puedas contestar, de pensar una respuesta, con humildad expone toda su sabiduría sobre el tema y se lanza al abismo cuando no es capaz de encontrar una sola certeza, ni siquiera en su nombre: "Sé del miedo cuando digo mi nombre". Es un golpe durísimo. Te caes con ella para adentro de ti y comprendes que hay un espacio en el que el yo no responde a tu nombre.
Como estragos de lo anterior mis pensamientos adoloridos suponen que sería ingenuo que supiera quien soy ¿mi nombre? el nombre que me impusieron. Mi nombre está por encima de mí. Se queda el caos de mi memoria, el eco de mi sangre que arrastra todos mis deseos, mi libertad. Mi yo queda desnudo, desprotegido y al igual que Pizarnik, "sé del miedo cuando digo mi nombre". Después de conocer el miedo y sin respuesta alguna, la inercia me arrastra y queda oprimido el que llora debajo de mi nombre...
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